Los Mccann llevan cuatro años sin saber de su hija. En este tiempo, el dolor, el sentimiento de culpa, el acoso de oportunistas, las miradas reprobatorias de los vecinos han estado a punto de hacer naufragar su matrimonio, y hasta su propia vida. De todo ello hablan en esta entrevista. Por Margarette Driscoll [Este artículo fue publicado en junio de 2011]
• Nastascha Kampusch, diez años después de su secuestro
El 3 de mayo se cumplieron cuatro años de la desaparición de Madeleine McCann. Kate McCann abrió ese día la puerta de la casa del hogar familiar en un barrio residencial de Leicester y se encontró con un completo desconocido en el umbral. El hombre había venido con intención de darles ánimos, pero Kate no podía dejar de sentir que era una intrusión. Una más.
«La gente quiere ayudarnos, pero, a veces, resulta muy raro y también agotador. Por muy bienintencionado que sea el visitante, lo normal es que se pase 20 minutos en la puerta, mientras una hace lo posible por librarse de él con amabilidad», explica Kate.
La generalizada fascinación provocada por la desaparición de Madeleine implica que tales visitas sean habituales. Algunas resultan cómicas; otras, exasperantes; otras, siniestras. A veces se presentan videntes que aseguran conocer el paradero de Madeleine. También se han presentado enfermos mentales, obsesionados con el caso.
El matrimonio ha considerado la posibilidad de cambiar de casa, pero Kate dice que la gente siempre se las arreglará para saber dónde viven. A la vez, Gerry explica que hace tres años y medio, cuando estaban en Portugal, se sentían aterrorizados ante la idea de regresar sin Madeleine a una casa tan llena de recuerdos, pero que «fue bueno volver al hogar». Kate, que hoy tiene 43 años, afirma.
«Queremos seguir en la casa donde vivía Madeleine, por si un día la encontráramos, para que le resulte familiar. Me resultaría muy difícil irme de aquí». Y aquí se han quedado. El dormitorio de Madeleine, decorado en rosa, está igual que cuando se fueron a Portugal de vacaciones, aunque hoy está lleno de regalos enviados por desconocidos, osos de peluche y rosarios, por lo general. También hay una cajita en la que sus hermanos gemelos, Sean y Amelie, que hoy tienen seis años, ponen cositas para ella. la última golosina de un paquete, un dibujo o una hoja de árbol de la que se han encaprichado.
El mes pasado, Madeleine cumplió -nadie sabe qué ha sido de ella- ocho años. Por primera vez, la familia no celebró la habitual fiesta de cumpleaños con pasteles, globos y sorpresas. En su lugar, los McCann estuvieron en Londres para la presentación del libro escrito por Kate, un libro conmovedor.
No es fácil mantener el equilibrio entre la esperanza y los aspectos prácticos de la vida. Kate se encontraba en su Liverpool natal hace dos años cuando los medios de comunicación difundieron la historia de Jacyee Lee Dugard. Dugard había sido descubierta cerca de San Francisco, 18 años después de que fuera raptada en una parada de autobús, cuando tenía 11. Durante años interminables fue la prisionera de un violador convicto y confeso, que abusó sexualmente de ella. Jacyee seguía con vida, pero a Kate le resultaba poco menos que insufrible seguir los detalles de lo sucedido.
«Se me desgarran las entrañas al pensar en el miedo y el dolor de Madeleine. Pienso en los pedófilos y me dan ganas de arrancarme la piel a tiras»
«Hice lo posible por no seguir el caso, no quería saber cuánto tiempo llevaba desaparecida, pero mi padre insistía en la conveniencia de prestar atención, y me di cuenta de que lo decía porque era un motivo de esperanza», explica. «El caso era una muestra de lo fácil que resulta que un niño desaparezca de la circulación y siga con vida durante años y décadas. Me entran escalofríos al pensarlo. Pero está claro que no podemos quedarnos sentados a la espera de que Madeleine un día descubra quién es ella en realidad. Tenemos que seguir adelante con nuestras vidas».
La campaña Find Madeleine (Encontremos a Madeleine) hoy cuenta con un pequeño número de empleados y colaboradores de confianza que examinan las cartas que llegan todos los días, leen los correos electrónicos y responden al teléfono. Gerry McCann, un escocés de Glasgow, luchador con temperamento y empleado como cardiólogo en el hospital Glenfield de Leicester, se suma a las labores del grupo todos los miércoles. A Kate, antigua médica de cabecera, le ha resultado imposible volver al trabajo y enfrentarse a las miradas curiosas de los pacientes, por lo que hoy día sigue en casa, al cuidado de los gemelos.El libro es un nuevo intento por mantener el nombre de la pequeña en los titulares de prensa y obtener fondos para continuar financiando la constante búsqueda de la niña. Sus peticiones han sido ahora escuchadas por el primer ministro, David Cameron, que se ha comprometido a que Scotland Yard retome las pesquisas.
La grotesca investigación dirigida por la Policía portuguesa que culminó con la consideración de los propios padres como sospechosos recibió el carpetazo en julio de 2008. Al examinar los archivos policiales algo después, Kate se sintió «físicamente enferma» al leer sobre cinco niños británicos de vacaciones en el Algarve que habían sido víctimas de abusos sexuales en sus camas mientras los padres dormían en otra habitación y de tres más que alertaron sobre la irrupción de desconocidos en sus dormitorios. Ninguno de estos episodios ha sido debidamente investigado.
El trauma de perder a su hija y la naturaleza demencial del mundo al que de pronto se vieron proyectados han hecho fuerte mella en los McCann. En el libro de Kate se mencionan momentos de absoluta desesperación. Su relación con Gerry estuvo a punto de irse a pique cuando el uno y el otro recurrieron a métodos distintos para tratar de sobrellevar lo sucedido.
Un mes después del rapto, Kate anotaba en su diario: «Vuelvo a llorar en la cama. No puedo evitarlo. Se me desgarran las entrañas al pensar en el miedo y el dolor de Madeleine. Pienso en los pedófilos y me entran ganas de arrancarme la piel a tiras». La capacidad de Gerry para «desconectar», su insistencia en volver al trabajo y recobrar cierta apariencia de normalidad a veces le parecía simple insensibilidad. «Gerry necesitó mucho menos tiempo para hacer su vida otra vez. Me producía cierto resentimiento que él fuera capaz de funcionar y yo no; a veces me parecía casi insultante, como si lo sucedido no le hubiera afectado lo suficiente».
Gerry terminó por exasperarse ante el perpetuo duelo de Kate. Tenía la sensación de que no solo había perdido a su hija, sino también a su mujer: «Kate y yo hoy nos encontramos en una fase similar de nuestra recuperación, pero hubo momentos en los que pensé que ella nunca llegaría a recuperarse», explica Gerry.
No era tan solo el dolor por lo sucedido a Madeleine lo que tenía hundida a Kate, sino también una profunda sensación de culpabilidad por haber sido incapaz de proteger a su hija. Los McCann fueron muy criticados por haber dejado a sus hijos solos en el apartamento donde estaban de vacaciones. «No creíamos que dejarlos solos mientras cenábamos fuese peligroso», cuenta Gerry. Si pudiese dar marcha atrás en el tiempo, por supuesto que no los dejaría solos. La culpa nos consume, pero eso no nos va a devolver a Madi. Además, culparnos a nosotros supone quitarle la culpa a quien se llevó a mi hija».
«Gerry necesitó menos tiempo para rehacer su vida. A veces me parecía insultante, como si lo sucedido no le hubiera afectado lo suficiente»
Gran parte de estas críticas fueron dolorosamente dirigidas a Kate, cuya serenidad superficial a veces fue interpretada como simple indiferencia.
Kate explica que su aparente distanciamiento era en realidad producto del shock: «Al ver las fotografías de entonces, me entra un poco de miedo. Me veo en ellas y no me reconozco. Cuando me veo haciéndole aquella súplica al secuestrador, veo a una persona que parece incapaz de razonar con normalidad. Recuerdo que ese día nos sentíamos angustiados y culpables por el hecho de que no estábamos llorando. Nos inquietaba que nuestra súplica no fuera efectiva. Pero el hecho es que no somos actores, así que solo podíamos expresarnos de la forma que nos salía de modo natural». Gerry incide en ello. «Lo prioritario para nosotros era expresar nuestro mensaje. Pero no estábamos acostumbrados a encontrarnos frente a las cámaras».
La consecuencia directa de las críticas dirigidas al matrimonio fue una parálisis de la voluntad que hacía casi imposible que Kate pudiera salir de casa. Durante el primer año fue incapaz de ir al supermercado.
Siempre he sido una persona más bien tímida, y me resultaba insoportable verme convertida en una especie de famosa de la televisión; el hecho de que los desconocidos de pronto se me quedaran mirando por la calle -dice-. Muchas veces te quedas con la impresión de que los desconocidos te están juzgando, que luego volverán a sus casas y lo comentarán».
En el libro cuenta la anécdota del primer día que llevó al pequeño Sean a una clase de natación. Cuando Kate trató de que se metiera en la piscina, el niño se aferró a ella llorando desconsolado. ¿Qué hacer en un momento así? «Me fijé en que todos los padres estaban observando el espectáculo a través de una ventana. Y me dije que seguramente pensarían mal de mí si dejaba a mi hijo llorando. ‘Esa Kate McCann verdaderamente no tiene corazón’, dirían después».
Por supuesto, en una situación como la suya es imposible comportarse del modo ‘correcto’: «Durante los primeros días y semanas, si salíamos a la calle con los gemelos, era evidente que muchas personas nos miraban con desaprobación, como si fuera inconcebible que saliéramos a jugar un poco con los pequeños. Y yo en cierta forma pensaba que tenían razón. Recuerdo que en 2002 me sentí horrorizada por los asesinatos de las niñas Jessica y Holly en la población de Soham. Me decía que, si yo fuera su madre, me sería imposible seguir adelante en la vida. Pero ahora me digo que es posible y que yo misma lo he conseguido».
La primera vez que sintió una breve sensación de paz interior fue en el verano de 2008, cuando la familia se marchó durante unos días a una remota cabaña en el Canadá. Después de correr durante bastante tiempo, Kate se metió en la bañera: «Y me quedé allí tumbada largo rato, con la cabeza metida en el agua. Por primera vez me sentí tranquila en cuerpo y alma». De forma muy gradual, con ayuda psicológica y muchos pasos en falso -Kate reconoce que incluso hoy «a veces se me va la cabeza»-, empezó a recuperar el equilibrio y a convencerse de que, si Madeleine un día vuelve a casa, lo mejor será que vuelva a un hogar feliz y no a un hogar donde todo el mundo está consumido por el dolor.
Poco antes de Navidad, Kate y Gerry «se divirtieron» por primera vez desde la desaparición de su hija, durante una cena con amigos. «Estuvimos sentados separados y, al mirar a Kate, me di cuenta de que no la había visto sonreír así en los últimos tres años y medio dice Gerry. Me hizo muy feliz».
¿Quién sabe cuánto falta para que encuentren a Madeleine? Que su cuerpo no haya aparecido les insufla esperanzas en vez de restárselas. Y por lo menos la campaña Find Madeleine ha servido para establecer un sistema de alerta paneuropea que bien podría salvar a otros niños en casos similares. Como dice Kate, el hecho de que hayan llegado tan lejos, de que todavía sigan juntos y les vaya más o menos bien, en sí ya es todo un logro.
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