El Salvador ha vivido su verano más sangriento. Las maras han llegado a causar 55 muertos en un solo día. La Corte Suprema ha declarado a estas pandillas, con más de 100.000 integrantes, grupo terrorista, y el Gobierno las combate en las calles. Le explicamos cómo es esta guerra que deja un cotidiano reguero de cadáveres. Por Carlos Manuel Sánchez / Fotos: Tomás Munita

Un día como otro cualquiera en El Salvador. Mauricio Renderos conduce un autobús de la línea 2 en San Salvador, la capital. En una parada cercana al zoo, el vehículo es rodeado por un grupo de pandilleros armados con fusiles M16. Disparan contra las ventanillas. Los pasajeros se tiran al suelo, plagado de cristales rotos. Los mareros suben al autobús y buscan al chófer. Lo ejecutan a tiros. Ese mismo día son asesinados siete conductores de autobús más y varios pasajeros en otros tantos ataques de las maras, las pandillas que intentan tomar el control del país y cuyos cabecillas, desde las cárceles, han ordenado un paro general de los transportes.

Hoy mismo, si es otro día normal y se cumplen las estadísticas de 2015, morirán asesinadas 16 personas. Es un conteo incesante que ya registra 3830 muertos este año y que ha llegado a sumar 51 homicidios en apenas 24 horas, las más letales del pequeño país centroamericano (6,3 millones de habitantes) en lo que va de siglo. ¿Qué está pasando para que El Salvador, con una tasa de 92 asesinatos por cada 100.000 habitantes (0,8 en España), se haya convertido en el país más violento del mundo, desbancando a Honduras, donde las maras también están muy asentadas, y en pugna con Siria, inmersa en una guerra civil?

Terreno abonado

Oficialmente, El Salvador está en paz, pero lucha contra sus propios demonios, que se remontan a su guerra civil (1980-1992). Miles de salvadoreños emigraron a Estados Unidos. La mayoría se asentó en Los Ángeles. Allí nacieron las maras, pandillas de jóvenes que imitaban a las bandas latinas ya instaladas. Desorganizadas al principio, luchando por la mera supervivencia en unos barrios con overbooking de matones, fueron las grandes beneficiadas del vacío de ‘poder’ generado por las redadas policiales ordenadas en vísperas de los Juegos Olímpicos de 1984 para limpiar las calles. Con sus competidores entre rejas, los recién llegados, no fichados aún, medraron rápido. Los que tenían adiestramiento militar, por haber sido soldados o guerrilleros, se convirtieron en jefes, aunque las maras mantienen una estructura descentralizada, de tela de araña. Se dividen en ‘clicas’ (bandas), cuyo territorio natural es el barrio.

A menudo expresan su jerarquía a través de tatuajes, que se van ganando con acciones brutales. Pero los nuevos pandilleros están sustituyendo los tatuajes por códigos de vestuario, para evitar ser identificados en las redadas.

En los años noventa, Estados Unidos comenzó las deportaciones masivas de ilegales a Centroamérica. Por entonces, los acuerdos de paz en El Salvador y Guatemala habían dejado en manos de la población civil más de medio millón de armas de fuego. Un arsenal que sirvió a los pandilleros, que exportaron a sus países de origen un modelo de delincuencia capaz de disputarle el poder a sus gobiernos.

Una estructura mafiosa

Dos grandes constelaciones, la Mara Salvatrucha o MS-13 (unos 70.000 miembros) y Barrio 18 (35.000), agrupan a la mayoría del millar de grupúsculos que se han hecho fuertes en El Salvador, Honduras y Guatemala. Funcionan como Estados paralelos, que cobran sus propios ‘impuestos’ o ‘rentas’ a comerciantes y empresarios.

Las pandillas funcionan como un estado paralelo. Controlan  el centro de la ciudad y cobran ‘impuestos’ a comerciantes y empresarios. Los extorsionados ascienden a 40.000

En las 250 calles que componen el centro de San Salvador, cinco ‘clicas’ de la Mara Salvatrucha y una de Barrio 18 se disputan cada palmo de terreno. Cobran a los dueños de las tiendas y bares y a los vendedores ambulantes una tasa variable. Los extorsionados ascienden a unos 40.000. Los ‘bichos’, como llama la población a los pandilleros, gobiernan de facto en el centro de la ciudad. Y los que no quieren pagar, como es el caso de los empresarios de autobuses, se arriesgan a ser asesinados.

Dirigentes de una mara en la prisión de Zacatecoluca. Hay tantos pandilleros encarcelados, unos 13.000, que copan casi todas las prisiones. La mayoría viven hacinados, pero los jefes tienen trato de favor y dirigen sus pandillas entre rejas

Es la estrategia del terror. Y cada mara tiene su propia ‘firma’, desde el uso de hachas y machetes hasta granadas de mano. La crueldad extrema se convierte en mensaje intimidatorio, algo que los pandilleros ya practicaban mucho antes que el Estado Islámico. Informes de inteligencia afirman que las maras se han hecho demasiado grandes para territorios que no dan más de sí y que pretenden saltar a Europa. José Nieto, jefe del Centro de Análisis de Riesgo de la Comisaría General de Extranjería, asegura que dos de los mayores problemas fronterizos que tiene España y que más preocupan son el yihadismo y las maras latinoamericanas . Según el mando policial, estas últimas usan el aeropuerto parisino Charles de Gaulle como cabeza de puente, ante las dificultades que encuentran en los aeropuertos españoles.

Centroamérica se les ha quedado pequeña. Las maras quieren implantarse en Europa. La policía española ya las considera el segundo peligro después del yihadismo

La Corte Suprema de El Salvador acaba de declarar a las maras como grupos terroristas. Y el Gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén, asesorado por el exalcalde de Nueva York, Rudolf Giuliani, lleva meses aplicando mano dura. Una política que acabó por dinamitar la tregua entre las principales maras, que habían firmado un alto el fuego en 2012 gracias a la mediación de la Iglesia católica y grupos pacifistas. El Gobierno no apoyaba la tregua, aunque, según la prensa ha desvelado, prometió beneficios penitenciarios para pandilleros presos. La tasa de asesinatos llegó a bajar así a cinco diarios. Sin embargo, el armisticio solo duró hasta el año pasado.

Una mujer identifica el cadáver de su hijo, marero, en la morgue. Más de un diez por ciento de los salvadoreños tienen algún vínculo con un pandillero

La actual espiral de violencia tiene tres frentes. Por una parte, hay una lucha generacional entre los líderes pandilleros que están presos y los que pretenden tomar el relevo, lo que está desencadenando purgas internas y ajustes de cuentas. Por otra parte, los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. desde la ruptura de la tregua en 2014, más de 40 policías y militares han sido asesinados. Y, por último, la sociedad civil, víctima del fuego cruzado. La ciudadanía está extenuada y las noticias sobre el posible regreso de otro de los fantasmas de la guerra civil -los Escuadrones de la Muerte- han polarizado a la opinión pública. Desde las redes sociales, la población festeja cada vez que un pandillero es asesinado. ‘¡Ya no hagan más capturas, caramba!’, ‘¡Ploperiodista Carlos Martínez en su bitácora.

Las maras están muy infiltradas en la sociedad. Se calcula que el diez por ciento de los salvadoreños tienen algún vínculo con un pandillero. Los reclutadores se fijan en los estudiantes de secundaria. Les ofrecen una forma de ganarse unos billetes y la sensación de ser respetados Y la ‘vida loca’, como dicen los mareros. Las maras sustituyen a la familia y la religión. A veces compran a los hijos de gente que no puede pagar la ‘renta’. Se entra con doce años. Y ya no se sale.

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