Toda la verdad sobre China y su triunfo sobre la pandemia
Mientras en Europa domina el confinamiento, en China lo hace la euforia. La economía va al alza y los chinos celebran los beneficios de su sistema. Las cosas no le podrían ir mejor al país… 0 eso nos quieren hacer creer. Toda la verdad sobre China y su triunfo sobre la pandemia. Por Philipp Mathheis / Foto: Tingshu Wang y Contacto
• Coronavirus, jaque al mundo globalizado
El lugar que quizá haya llevado a todo el planeta a esta crisis está cerrado a cal y canto.
El mercado de Wuhan lleva cerrado más de diez meses. Solo sigue abierto un local de venta de cangrejos, donde los bichos se agitan más muertos que vivos dentro de cajas de poliestireno. El dueño no quiere hablar con extranjeros, sacude la cabeza y murmura excusas. Al poco rato, dos policías vestidos de civil nos invitan a marcharnos.
A solo un par de minutos andando se encuentra el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Wuhan, un instituto dedicado a la investigación de virus. Poco después del estallido de la pandemia empezaron a circular todo tipo de teorías, como que los empleados del laboratorio habían vendido bajo cuerda a los comerciantes del mercado animales infectados –murciélagos o armadillos– procedentes de sus experimentos. ¿Es cierto? Nadie lo sabe. Es más, probablemente el mundo no sepa nunca lo que ocurrió en diciembre de 2019, cuando el virus hizo acto de presencia y el Gobierno chino cerró totalmente una ciudad de 11 millones de habitantes. En ningún lugar del mundo, el confinamiento fue tan estricto. Wuhan se convirtió en sinónimo de catástrofe.
¿Y hoy? En pocos sitios se ha vuelto tan rápido a la normalidad. Al margen del clausurado mercado, apenas se percibe rastro de la pandemia.
El dominó es un juego muy social en China. El regreso de las habituales partidas callejeras en los barrios es otro síntoma de normalidad. Sobre todo si los jugadores son personas mayores que no usan mascarilla ni guardan distancia de seguridad.
En una cantina cercana, la gente se amontona. Casi nadie lleva mascarilla. La cocinera parte los fideos con las manos desnudas. Fuera, hombres mayores caminan con el rostro descubierto y cigarrillos encendidos. Y lo mismo ocurre en Pekín, Cantón o Shanghái, donde los jóvenes con dinero se sientan en cafés y van de fiesta por los clubes.
«Hemos demostrado que China puede gestionar una crisis», dice Dou Guojing. Cuando entró en vigor el confinamiento, Dou decidió unirse a un grupo de voluntarios. Coordinaba desde su portátil los envíos de comida y medicinas y ayudaba a los afectados con las gestiones del día a día. Durante aquellas semanas, pocas veces dormía más de seis horas. No recibía dinero por su labor. Era un sentimiento de comunidad, dice. Y había miles de grupos como el suyo, cada uno con cientos de miembros. La pandemia movilizó al país. «Ese sentimiento de unidad fue arrollador; de repente, todo el mundo quería ayudar. La pandemia ha unido a China y la ha hecho más fuerte», añade.
Dou Guojing, de 29 años, vive en Wuhan. Mira con orgullo los meses de la crisis, de los que dice que han hecho a su país más fuerte y unido que antes: «En Occidente, la gente se preocupa demasiado por los derechos y la protección de datos»
Asegura que fue un movimiento que surgió del pueblo, espontáneo. «La ayuda del Gobierno vino después». Pero no critica al Gobierno. Para Dou fueron ambos factores, la capacidad de sacrificio de las personas y la eficiencia del Gobierno, los que permitieron a China dominar la situación. «Ningún país podría haber combatido mejor esta crisis que nosotros. En Occidente, la gente se preocupa demasiado por los derechos individuales y la protección de datos. En China podemos organizarlo todo de una forma más rápida y centralizada. Y eso ayuda mucho».
La censura que oscureció Wuhan
A China puede que le haya beneficiado esa forma de actuar. Al mundo, en cambio, le habría ayudado mucho que las autoridades de Wuhan no hubiesen recurrido a la censura tras la aparición de los primeros indicios de una nueva enfermedad pulmonar; de haber actuado así, es probable que el virus ni siquiera hubiese llegado a salir de China.
Pese a la relajación de las medidas anti-COVID, los test masivos siguen a la orden del día en cuanto aparece un nuevo caso. El 15 de diciembre, además, se lanzó un programa de vacunación que ya ha alcanzado a más de 9 millones de personas.
Unos meses más tarde, cuando el coronavirus ya llevaba tiempo circulando por todos los continentes, la presunta superioridad de los sistemas democráticos para gestionar crisis se cuestionó: de repente, el sistema chino parecía aventajar a los demás. China cerró sus fronteras a los extranjeros el 28 de marzo; todo el que solicitara un visado para entrar al país tenía que presentar varios test negativos y someterse a una estricta cuarentena de dos semanas. En el interior, las medidas también siguieron siendo muy rigurosas. Y todavía lo son. En cuanto se descubre un foco, toda la población debe someterse a un test.
Las dudas sobre los datos de China están más que justificadas. Apenas hay cifra sobre la que no hayan mentido: resultados económicos, contaminación, índice de suicidios…
Para cumplir sus objetivos, el Partido, además de recurrir al big data, se ha valido de instituciones propias de la primera era del comunismo. En enero se volvieron a activar los comités vecinales, una organización de base que cubre a toda la población. Estos comités no tienen nada que ver con las organizaciones de voluntarios. Están rígidamente organizados y supervisados.
Uno de sus integrantes es Song Yeping. Esta mujer de 39 años dice estar preparada para una nueva ola, como todos en su comité. «Los comités vecinales son la base del Partido. Garantizan el contacto directo con la población», dice. Cuando aparece un brote, cierran las unidades residenciales en las que está organizada la mayoría de las ciudades chinas. La estructura urbanística habitual lo facilita: muchos edificios altos en torno a un patio central a los que solo se puede acceder por una entrada vigilada. Desde esta puerta, los comités controlan las entregas de comida y medicamentos. También supervisan las cuarentenas de sus habitantes, distribuyen tarjetas de acceso o realizan visitas de control a aquellos que no tienen permiso para salir de su vivienda. Muchos chinos lo perciben como el control de una madre estricta que se preocupa por sus hijos. Que también se pueda interpretar como la acción de un partido todopoderoso que no entiende de derechos y libertades es algo que a la mayoría no se les pasa por la cabeza. «Los ciudadanos han seguido las instrucciones de las autoridades sin quejarse», manifiesta Song.
En toda China, los jóvenes han regresado a las discotecas y la vida nocturna se ha recuperado por completo un año después del inicio de la pandemia. En la imagen, noctámbulos en un club abierto este mismo año en Shanghái.
El resultado de la estrategia china es demoledor: desde abril, el Gobierno comunica entre 15 y 30 nuevos contagios al día, valores con los que los países occidentales ahora mismo solo pueden soñar. Pero ¿esos datos son reales? Las dudas están más que justificadas. Apenas hay cifra sobre la que el Gobierno chino no haya mentido en algún momento: resultados económicos, contaminación, índice de suicidios… Ni siquiera el primer ministro, Li Keqiang, parece fiarse de los datos que ofrecen sus líderes provinciales. Por lo que se cuenta, cuando quiere informarse sobre el estado de la economía, se fija en el consumo eléctrico y en el movimiento de mercancías por ferrocarril. Esa práctica habría dado pie a un barómetro propio, el llamado ‘índice Li Keqiang’.
Desde abril, China comunica entre 15 y 30 nuevos contagios al día, valores con los que los países occidentales por ahora solo pueden soñar
La mayor parte de los chinos se muestra de acuerdo en que la situación está bajo control y que el país está saliendo fortalecido de la crisis. Los intentos de ocultar los brotes de momento no han trascendido a la población, y es un hecho que, mientras muchas economías occidentales se hunden, la de China crecerá este año en torno al dos por ciento. Además, acaba de crear junto con varios países asiáticos la mayor zona de libre comercio del mundo. Y al tiempo que Estados Unidos se ha ido retirando del escenario mundial por decisión del presidente Trump, la actuación internacional de Pekín se ha ido haciendo cada vez más decidida.
En Occidente, cada día son más los que se preguntan si China no estará aprovechando la debilidad de los demás, tanto política como económicamente. Tras un breve parón, sus fábricas retomaron la producción cuando Wuhan todavía seguía cerrada. Y, poco más tarde, los ciudadanos chinos se lanzaron a consumir en masa como si alguien hubiese pulsado un botón. Entre julio y septiembre, BMW vendió en China un 30 por ciento más de coches que el año anterior, mientras que las ventas en otros lugares, como Estados Unidos, se hundían.
Superar a Estados Unidos
«En estos momentos, China es el lugar más seguro del mundo», dice Jack Ge con una sonrisa. Ge es el gerente de la planta que Webasto, una empresa alemana de componentes para la automoción, tiene en Wuhan. «Nuestros trabajadores volvieron a partir de abril –dice Ge–. Aquí funcionamos al cien por cien desde junio».
Jack Ge, director de una empresa occidental de componentes en Wuhan: «En estos momentos, China es el lugar más seguro del mundo»
Occidente se contrae, China crece. Para 2030, y en esto coinciden tanto analistas independientes como los de Pekín, China habrá superado a Estados Unidos como la mayor economía del mundo. Detrás de este logro se encuentra una estrategia que los líderes chinos diseñaron hace décadas.
A comienzos de los años noventa empezaron a trabajar para que el país no acabara convertido en la fábrica barata del planeta. Sabían que, antes o después, las empresas extranjeras se llevarían sus plantas al lugar que ofreciera salarios aún más bajos que los suyos. Así que Pekín hizo una propuesta a las compañías extranjeras: podéis producir aquí y acceder al mercado potencial más grande del mundo, pero a cambio tenéis que compartir vuestra tecnología con nuestras compañías. De esta manera se obligaba a los gigantes occidentales a entrar en empresas conjuntas y se aprendía de ellos. Poco a poco fue surgiendo una creciente clase media, y China se convirtió de facto en el mayor mercado mundial. Las empresas occidentales se enfrentan ahora a una competencia local cada vez más fuerte. Y son pocas las que pueden permitirse no tener presencia en China. Después de todo, el mercado del futuro está ahí.
En China sigue habiendo trabajadores explotados, cierto, pero los salarios de los empleados no especializados, por ejemplo, están subiendo de media a un ritmo del diez por ciento anual. En otros sectores económicos, por el contrario, la estrategia ha consistido en cerrar completamente su mercado a competidores extranjeros: la exclusión de Google, Facebook y Twitter ha permitido que las tecnológicas nacionales Tencent, Alibaba y Huawei hayan podido crecer tranquilamente hasta convertirse en los colosos que son hoy.
La política interna del Partido Comunista de China es una caja negra: conocemos los resultados, pero no cómo se ha llegado a ellos
Al principio, en Washington, Berlín y Tokio creían que Pekín se iría democratizando con el tiempo. Pero hoy el modelo occidental, con su separación de poderes, su economía de mercado y sus derechos civiles, se enfrenta a un desafío con el que no contaba: una dictadura hipermoderna, eficiente y en constante crecimiento.
Podría haberse reaccionado mucho antes. Porque la deriva agresiva de Pekín empezó con la llegada al poder de Xi Jinping, en 2013. Cinco años más tarde, Xi eliminó el tope constitucional a su permanencia en el cargo. Ahora puede gobernar durante tiempo ilimitado y ya se lo considera el líder más poderoso que ha tenido el país desde Mao Zedong. Nadie fuera del círculo más interno del Partido sabe muy bien cómo ha conseguido acumular tanto poder. La política interna del Partido Comunista de China es una caja negra: conocemos los resultados, pero no cómo se ha llegado a ellos.
Cuando Xi alcanzó el cargo, reforzó su prestigio mediante una enérgica campaña para combatir la corrupción. Los miembros del Partido ya no podían disfrutar de vinos y patés franceses en los banquetes oficiales. Pero, sobre todo, Xi supo desactivar a sus detractores. En la China actual, las fuerzas liberales ya no tienen presencia. Es más, con el liderazgo de Xi fue el Partido Comunista el que empezó a incrementar su influencia en el extranjero. A lo largo de los años ha ido tejiendo una amplia red de amistades y apoyos para defender sus intereses e imponer su voluntad, de una forma directa o indirecta, también en el exterior.
Pánico, depresión y suicidios
Mareike Ohlberg es autora de un libro sobre esta red de poder, escrito junto con el filósofo australiano Clive Hamilton. Los círculos próximos a Pekín han intentado detener su publicación en Gran Bretaña, lo que viene a confirmar la tesis central de la obra: China ha extendido su influencia mucho más allá de las fronteras del país y busca ejercer influencia en Occidente por todos los medios, desde los diplomáticos a los culturales. Poco antes de la salida a la venta del libro de Ohlberg, titulado La conquista silenciosa, la editorial recibió dos cartas en las que los remitentes aseguraban que el libro contenía afirmaciones falsas o difamatorias. Se trataba de dos abogados de dos miembros del Club 48, un prestigioso grupo de diplomáticos, empresarios y políticos británicos al que supuestamente también estaría vinculado Tony Blair.
Mareike Ohlberg, experta en propaganda china. Círculos próximos a Pekín quisieron impedir la publicación de su último libro: «China busca tener influencia en Occidente por todos los medios»
En la propia China también hay quien no se ha dejado arrastrar por la fiebre épica del resurgir del país. Hablamos con Guo Jing, en Wuhan. Esta mujer asesora a trabajadoras discriminadas por sus empresas. Durante el estricto confinamiento de marzo, Guo escribió un diario que poco después publicó una editorial taiwanesa. El libro fue censurado en China porque criticaba con demasiada dureza al Gobierno. Guo no se deja cegar por ese mundo feliz que supuestamente habría surgido en Wuhan, «la ciudad de los héroes», como la llama la propaganda oficial.
Guo Jing escribió un diario durante el confinamiento de Wuhan. El régimen lo ha censurado: «Los derechos individuales son, hoy como antes, ignorados»
Guo asegura que en la ciudad hay mucha gente que sigue teniendo miedo a una segunda ola y que los que tuvieron el coronavirus están estigmatizados. La economía tampoco se ha recobrado tanto como afirma el Gobierno: «Muchos de los empleos que se destruyeron todavía no se han recuperado –afirma–. Y se siguen ignorando los derechos individuales». Tradicionalmente, los chinos prestan poca atención a la salud mental, siempre hay otros problemas más importantes, cuenta Guo Jing. Pero todo el que sabe escuchar conoce historias de depresión, ataques de pánico y suicidios durante el confinamiento. De esos temas, el Gobierno chino no publica cifras.
Foto apertura: Nochevieja en Wuhan. Wuhan, la ciudad china origen de la pandemia, celebró la llegada de 2021 por todo lo alto. En el centro de esta megalópolis con 11 millones de habitantes, miles de personas recibieron el año nuevo con el lanzamiento de globos al aire.
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