El fascinante mundo onírico de Giorgio de Chirico, creador de un original universo propio. Por Suzana Mihalic

El autor: Giorgio de Chirico (Grecia, 1888 – Italia, 1978)

Metafísico y surrealista

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A Giorgio de Chirico le gustaba colar imágenes sorprendentes en espacios urbanos, mezclaba elementos arquitectónicos con sombras ilógicas y dejaba fuera la figura humana. A menudo presentaba interiores abiertos al exterior de un modo poco común y construía así espacios extraños, atemporales. Con su pintura metafísica, creó un mundo propio que antecede e influencia al surrealismo. Sus atmósferas oníricas de calma y silencio impactaron a Max Ernst, René Magritte o Salvador Dalí, entre otros surrealistas.

El contemplador, 1976. / Fondazione Giorgio e Isa de Chirico, Roma / Giorgio de Chirico, Vegap, Barcelona, 2017

1. La composición: buscando la eternidad

Esta obra es muy característica de Giorgio de Chirico. Contiene ingredientes frecuentes en su trabajo, como el paisaje y un maniquí. Se trata de una obra tardía, pintada solamente dos años antes de su fallecimiento, cuando el artista vivía su período de ‘arte metafísico’. Se propuso pintar lo que no se puede ver y captar: la eternidad. La composición es geométrica y está dominada por líneas verticales.

2. El maniquí: un sello personal

En un primer plano, el artista representa a uno de sus célebres maniquíes. Fueron un elemento recurrente en la obra de De Chirico. Le parecieron un símbolo perfecto para criticar a la sociedad occidental contemporánea. Estos muñecos de cabeza ovoide, y sin rostro ni rasgos ni emociones, reducen a los humanos a meros objetos, a autómatas deshumanizados que representan a una sociedad decadente y consumidora.

3. Fondo: monotonía deliberada

Detrás del maniquí se apilan numerosos marcos, bastidores sin lienzos y cajas de embalaje de obras de arte. A De Chirico le gustaba representar y yuxtaponer objetos enigmáticos en sus obras. Los colocaba en relaciones extrañas y tamaños diversos. Este caos contrasta con la monotonía de la pared, que es monocroma. Además, su tono marrón se funde con el suelo, que se hace reconocible por las líneas negras de los tableros.

4. Contrastes: sueño y realidad

A primera vista, puede resultar chocante ver un paisaje realista situado en medio de una obra de carácter tan irreal, pero es una de las singularidades de De Chirico: fundir lo real y lo onírico. Son los dos mundos del autor que tanto influyó en los surrealistas. El realismo también tuvo cabida en su vida, y hubo etapas en las que incluso primó en su trabajo. Tras la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, comenzó a copiar obras maestras de Tiziano.

5. El espacio: como una escena teatral

A mediados de los años veinte, Giorgio de Chirico se dedicó a diseñar vestuarios y escenografías teatrales. Aunque esta obra, titulada El contemplador, fue pintada muchos años más tarde -en
1976-, deja entrever no obstante aquella experiencia. El espacio recuerda al escenario de una obra teatral, y el muñeco, con su armadura decorada, parece actuar mientras admira el cuadro sentado en el caballete, como si fuera un pedestal, con una postura poco natural, casi impostada.

6. Color: paleta de contrastes

El artista hace una interesante combinación de colores. El rojo de la caja, el amarillo de los bastidores y el azul del pedestal son los únicos tonos que interrumpen con fuerza el marrón que predomina y lo envuelve todo. La paleta utilizada para el paisaje es mucho más suave, se completa con líneas y superficies negras más grandes que dibujan las sombras de los objetos, dotan a la escena de profundidad y le proporcionan un peculiar dinamismo.


PARA SABER MÁS

CAIXAFORUM BARCELONA. Exposición: El mundo de Giorgio de Chirico. Sueño o realidad. Hasta el 22 de octubre.

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