¿Es tan abyecto el impuesto de patrimonio?
ARTÍCULOS DE OCASIÓN
Siempre que atravesamos una campaña electoral, surge la disputa en torno a los impuestos. Los candidatos se rompen la cabeza para presentar de manera distinta la misma propuesta imbatible: subir el gasto público, pero bajar los impuestos. Esta pamema nos ha llevado a dos desviaciones de la racionalidad. La primera es asumir unas cuentas del Estado bastante penosas sin que nadie se haga responsable de enderezarlas. La segunda, la sensación compartida por casi todos los ciudadanos de que lo que dicen los políticos en campaña carece de la más mínima credibilidad. Fue Mariano Rajoy el último presidente que ganó las elecciones con la promesa de bajar los impuestos y los subió al día siguiente de su triunfo con la excusa de que es lo que había que hacer. Entre lo que hay que decir y lo que hay que hacer, se abre pues un abismo. Así que las campañas electorales se han transformado en unos espacios ingrávidos donde la realidad y la ficción se dan la mano y bailan un tango antes de que una y otra se escupan a la cara y se den la espalda durante la legislatura subsiguiente.
Durante la pasada campaña, asistí a disputas entre amigos en torno a dos impuestos muy particulares. El primero es el impuesto de sucesiones. Mis ideas no coinciden con las de casi nadie, porque he observado que nada arruina más la vida de ciertas personas que una herencia, nada separa a más hermanos, nada tritura más el afán de esfuerzo y superación de un hijo, nada empobrece más la perspectiva creativa de un nieto que encontrarse con ese regalo envenenado. Que Corea del Sur sea un ejemplo para el mundo con su gravamen de altas fortunas en herencia habla muy bien de Corea, pero muy mal del mundo. No pienso que partir de cero sea algo deseable para nadie. Pero partir de mil, tampoco hace el parchís de vivir demasiado divertido. Pero dejemos esa disputa para otra ocasión en la que anden los ánimos más relajados. Y fijémonos en el otro impuesto que tanto solivianta a las personas. El de patrimonio. Para quienes se oponen de manera rotunda hay una explicación que de puro evidente es casi insultante. Si ya pagas impuestos cuando ganas tu salario y cuando compras un inmueble, ¿por qué has de volver a pagar anualmente por lo que posees? Esta doble imposición tortura a muchas personas. Y tienen toda la razón. Pagan dos veces por lo mismo. Es aún peor, pagan eternamente por lo mismo.
Sin embargo, si el razonamiento se hiciera de otra manera, sería algo distinto. Porque el impuesto de patrimonio lo que grava es la posesión abundante de bienes. Y si uno echa la vista atrás, le resulta fácil entender que un país alcanza un margen tolerable de igualdad tan solo si grava de manera progresiva esas posesiones. De este modo, pensará una persona cabal, se ha logrado que el dueño de todas las tierras de cierta provincia haya visto a lo largo de los siglos un cierto reparto de sus posesiones. Sencillamente gracias a una sutil redistribución biológica. Ahora vivimos en la era de los grandes patrimonios tecnológicos. Son muy recientes y las fortunas de Gates, Bezos, Zuckerberg y Musk nos parecen más simpáticas y merecidas que las de los terratenientes antiguos. Pero quizá ya no tengan tanto mérito sus bisnietos, que no habrán inventado nada, sino que solo disfrutarán de unas rentas desmesuradas. También es sencillo entender que esos triunfadores de clase media, algunos inmigrantes, no se habrían hecho ricos en sus garajes sin contar con escuela pública, acceso universitario, sanidad, policía y transporte sufragado por una partida de los impuestos al patrimonio en los Estados Unidos. Esos genios nunca han surgido en países que no gravan el patrimonio, salvo quizá en China, pero no creo que mis amigos que están en contra del impuesto de patrimonio estén a favor de vivir en una dictadura comunista. En realidad, todos los problemas fiscales de un país democrático comienzan cuando uno completa su declaración de la renta y si le sale a pagar se considera mucho más desgraciado e injustamente tratado que aquel al que le sale a devolver.
