Me despido de unas botas
ARTÍCULOS DE OCASIÓN
La jornada de Sant Jordi en Barcelona tuvo ribetes épicos. A media mañana, las ráfagas de lluvia culminaron en una granizada abrumadora. Los que estábamos firmando ejemplares de nuestros libros nos resguardamos bajo las carpas de las paradas. Los lectores que no pudieron arracimarse junto a nosotros corrieron a guarecerse en los portales. Alrededor no se veían más que paraguas rotos, regueros de agua y cajas de cartón húmedas. Aunque el sol salió algún otro rato, al mediodía, cuando llegó la hora de comer, era imposible no empaparse. Mis pies empezaron a hacer choff, choff, y caí en la cuenta de que mis viejas botas ya no servían para protegerme de las inclemencias. Esas botas calculé que me acompañaban desde quince años atrás, con su color burdeos y las rozaduras típicas de tantos y tantos años chocando contra los bordillos, rozando con las patas de las mesas y hasta chutando balones que algún niño ha dejado escapar. La tarde fue más calmada y placentera y nos llegaron las noticias de algunos desastres para librerías que habían de desmontar la parada e incluso algunos heridos por las ventoleras que de tanto en tanto se desataban. Pero yo también pensaba en mis botas.
Reconozco que soy un tipo bastante particular que aprendió desde niño a conservar la ropa.Siempre heredaba las prendas de mis hermanos mayores, así que consideraba una virtud que hubieran sabido preservarla más o menos dignamente. Aunque es cierto que mi madre, titulada en corte y confección, tenía habilidades increíbles para reparar lo que pudiera repararse. Sin embargo, de los zapatos y las carteras se ocupaba mi padre, que tenía una aguja poderosa con la que era capaz de remendar las prendas de cuero con hilo de cuerda. Aprendí en aquel entonces la grandeza de lo que dura y dura. También me enamoré de los materiales nobles, que alargan su vida cuando son de calidad, además de prestarse a tactos maravillosos. A lo largo de los años he ido viendo cómo se aceleraba el desgaste de las prendas. La ropa de baja calidad fue invadiendo los estantes de las tiendas. También se ha podido apreciar el exterminio de muchos de esos comercios que se dedicaban a la reparación al tiempo que los electrodomésticos adoptaban la obsolescencia programada como un fraudulento modelo de negocio. Tan solo con la crisis económica han vuelto alguno de esos habilidosos que reparan y pequeñas tiendas de costura que hacen arreglos en ropa que casi nunca alcanza la calidad para merecer ser reparada.
Pero a mí me parece que las ropas, como las personas, ganan con el contacto diario, con el uso. Cuando escucho la expresión ‘usar y tirar’, que se ha impuesto como el modo de relación también entre las personas, siento un estremecimiento, porque mi lema siempre ha sido ‘usar y usar’. Me gusta tanto la ropa cuando se adapta al propio cuerpo que amo los jerséis llenos de pelotillas y los pantalones remendados. Ahora tengo que pensar una despedida acorde con el cariño que les tenía a mis botas. En el fondo me alegró que terminaran sus días en una festividad de Sant Jordi, porque también de año en año te vas dando cuenta del cambio que experimentan tus lectores. Como no tengo redes sociales ni practico esa coquetería vacua de estar todo el día en campaña promocional colgando pijadas de mi cotidianidad, ellos también se han convertido en fieles y duraderos, que aguantan incluso mi manía por escribir y filmar en cada ocasión cosas que no tienen mucho que ver con lo que esperan ni con lo que han disfrutado antes, sino que pretenden ser aventuras nuevas, experimentos sobre los retos impensados que la sociedad nos pone por delante. Porque, para mí, escribir siempre ha sido encontrar un modo de encarar la vida que tenemos alrededor. Para soportar esa dictadura de la novedad, hay que hacer durar las cosas. A eso se lo llama ‘resistencia’ y para mí es una palabra bella que es hermana de ‘lealtad’, ‘fidelidad’ y ‘firmeza’. Me encanta cuando la ropa alcanza el estatus de piel y, como ella, se gasta, pero la sientes como propia. Antes de comprar algo nuevo, evalúo si será capaz de acompañarme hasta convertirse en compañero. Despido a las botas con las gracias por el trabajo cumplido con creces.